Con el otoño, la casa recupera otro ritmo. Las tardes se alargan hacia dentro, las conversaciones encuentran su sitio y ese rincón junto a la ventana vuelve a ser nuestro lugar favorito.
No siempre hace falta cambiarlo todo para sentir el espacio de otra manera. A veces basta con una obra que nos acompañe: por sus colores, por lo que cuenta o por algo que no sabemos explicar, pero que reconocemos como nuestro.

Compartir sin mirar el reloj
En «Conversas Nº 2», de Lourdes Ral, tres mujeres reunidas alrededor de una mesa nos recuerdan el placer de estar juntas. Rosas, turquesas y tonos cálidos construyen una escena cotidiana llena de vida. La elegiríamos para ese rincón donde el café termina convirtiéndose en una larga conversación.

Encontrar un momento de calma
Hay obras que invitan a detenerse. «La Calma», de Martina Mezzetti, acerca dos rostros en una composición que entrelaza lo humano y lo natural. Una presencia íntima para acompañar un espacio de lectura o ese lugar al que acudimos cuando necesitamos bajar el volumen del día.
Hacer sitio a lo que nos representa
Una casa también se reconoce en sus pequeños atrevimientos. En «Señora con Gato», las flores, el color y la mirada de sus protagonistas crean una escena con carácter propio. La escogeríamos para destacar una pared y dejar que el resto del espacio dialogue con ella.
Volver a casa es volver a lo que nos hace sentir bien. También al arte que elegimos para vivir cada día.







